Antes de la palabra: la mirada y el símbolo
Antes de acercarme a la literatura como tradición, me acerqué al símbolo como necesidad.
No comencé leyendo novelas ni poesía universal. Mi primera inquietud fue otra: entender lo que no se dice de manera directa. Por eso mis primeras lecturas estuvieron ligadas al ocultismo, al esoterismo, a las sociedades iniciáticas, a la metafísica. No como búsqueda de misterio, sino como búsqueda de estructura: quería saber cómo distintas culturas habían intentado explicar lo invisible.
Durante un tiempo practiqué el dogma y el ritual de la Orden Rosacruz. Aquello no me interesó como creencia cerrada, sino como disciplina simbólica. Aprendí algo fundamental: el conocimiento no se recibe de golpe, se trabaja. Y no todo está destinado a ser dicho de manera literal. Hay verdades que solo se comprenden por aproximación.
Más adelante me acerqué, de forma parcial, al mundo del chamanismo. Ahí el aprendizaje fue distinto. No había sistemas ni jerarquías claras, sino experiencia directa. El cuerpo, el trance, la naturaleza, la percepción alterada. Entendí que el conocimiento también pasa por la vivencia y que no todo puede traducirse al lenguaje sin perder algo esencial.
Después vino el interés por el cosmos y la física cuántica. No desde el rigor científico —que respeto profundamente—, sino desde el asombro. Me impactó descubrir que la ciencia contemporánea, en su nivel más complejo, vuelve a formular preguntas que antes pertenecían al mito: el tiempo, la materia, la conciencia, la interconexión de todo lo que existe.
Con el tiempo comprendí que todos esos caminos tenían algo en común: no ofrecían respuestas definitivas, sino modelos de comprensión. Lenguajes distintos para nombrar la misma inquietud humana.
La literatura llegó después. Y cuando llegó, lo hizo como síntesis. No como reemplazo de esas búsquedas, sino como el espacio donde todas podían dialogar sin imponerse. La escritura se convirtió en el lugar donde el símbolo, la experiencia y la pregunta podían convivir sin necesidad de cerrarse.
No escribo desde una doctrina ni desde una fe. Escribo desde el cruce de esas exploraciones. Tal vez por eso mis libros no buscan explicar, sino transmitir. No enseñar, sino dejar constancia de una mirada que se formó antes del libro y que, de algún modo, sigue formándose.
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Literatura | Humanismo | Mística
¡Hola! Soy Jonathan Muñoz Ovalle. Nací en la Ciudad de México en 1980, pero mi corazón y mi pluma han encontrado su hogar en Cuernavaca. Mi camino literario se pulió en el Centro Morelense de las Artes, y desde entonces me dedico a explorar esa frontera donde chocan el caos del mundo y la belleza del espíritu.
En mi obra literaria busco siempre transformar el ruido de la realidad en versos que nos permitan encontrarnos. Escribo porque creo que la poesía es el único lugar donde podemos ser eternos. ¡Bienvenidos a mi rincón de letras!
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