Escribir cuando el mundo tiembla
Hay libros que uno planea. Y hay libros que simplemente irrumpen. El retumbe de los siglos nació como una necesidad, una presión en el pecho, un insomnio largo.
Este poemario es, en el fondo, una pregunta que no deja de insistir: ¿cómo se sostiene el alma cuando el siglo entero parece desmoronarse?
En sus páginas conviven la oración y el grito, la blasfemia y la súplica, el guerrero y el hijo que aún le habla a su madre en la noche. Hay una bestia que atraviesa ciudades y conciencias, pero también hay una luz que no se resigna a extinguirse.
No es un libro optimista. Tampoco es un libro desesperado. Es un libro en tensión.
Me interesaba escribir desde ese punto donde la fe ya no es ingenua y la rabia todavía no lo ha destruido todo. Desde ese lugar donde uno reza, pero también cuestiona. Donde uno invoca, pero también tiembla.
Aquí el tiempo no es una línea...
Es un puente.
Un abismo.
Un espejo.
El pasado, el futuro y el presente se superponen hasta que la voz individual se convierte en algo más amplio, casi coral. El yo se vuelve siglo, el siglo se vuelve herida.
En esta epopeya, hay ecos bíblicos, visiones cósmicas, batallas míticas, ruinas, naves, portales, ángeles, dioses, tiranos. Pero todo eso no es fantasía evasiva, sino lenguaje simbólico para hablar de lo que estamos viviendo —y de lo que llevamos viviendo desde siempre.
El retumbe de los siglos es mi manera de mirar de frente la violencia del tiempo, el ruido del mundo y la fragilidad humana.
Si el siglo retumba, que retumbe también la conciencia.
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